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¿Cómo está el patio? |
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Remolar - Filipines
Actualización: 16.11.02
Lo de "abrígate un poco" ya no vale; lleva al menos un suéter para la tarde, que empieza a hacer "biruji".
Novedad: estas mujeres y hombres que son los guardas, trabajadores y colaboradores de la reserva (diles al menos hola al entrar, que su profesionalidad y amabilidad no tienen precio) han construido una nueva isleta delante del observatorio que está en la carretera, antes de entrar. Genial. Está muy bien diseñada, con ramas que sobresalen sobre el agua; magnífica y nueva oportunidad para observar y hacer buenas fotos (¿quizás incluso de ese relámpago que es el blauet (martín pescador)?.
Y las cercetas (xarxets) tienen, ya casi, su plumaje completo de invierno. Falta, pues, poco para "cazarlas" con sus mejores galas. Ya tengo ganas, ya.
Sigue habiendo un montón de cormoranes grandes, que podrás observar sin ninguna dificultad desde ambos observatorios, dentro de la reserva. No te olvides de mirarlos con los prismáticos (o, ¡con el telescopio!) en vuelo: vale la pena.
Ya no se ven tantos becadells (agachadizas), pero, atención: se corre la voz, se dice, se comenta, que se han visto, últimamente, agachadizas reales (Gallinago media) desde el observatorio Norte. Y yo, sin haberles echado el ojo todavía.
Sigue viéndose en el Remolar a la maravillosa Egretta alba (agró blanc, garceta grande). Desde el observatorio Norte tuve la oportunidad de verla relativamente cerca, aunque se necesitaba el telescopio si querías ver detalles. De verdad, si no la has visto, inténtalo: la forma de andar, de desplazarse pescando... no quiero pensar que esa maravilla se acabe un día (al menos, los petroleros lo tienen mal para entrar ahí, en sus dominios; pero todo se andará...).
De lo más interesante (y observable por cualquiera fácilmente): invasión medianita pero óbvia de Pluvialis apricaria (Daurada grossa, chorlito dorado;de nuevo, el observatorio Norte se lleva la palma). Esta vez no había uno solo, no. Por lo menos había una bandada de 50, y relativamente cerca del observatorio. Son muy pero que muy bonitos, con esas caritas como de desvalidos. Se les ve junto a las avefrías.
El color del chorlito dorado es bastante indefinible; no basta con decir "dorado"; y ese color cambia a lo largo del día, conforme incide sobre ellos diversos ángulos e intensidades de la luz. Me di cuenta de algo: juntos, en la bandada, se delatan bastante sobre el campo, por ese brillo realmente dorado con que visten en esta época del año.
Pero, curiosamente, cuando uno de esos animales está aislado de la bandada, solo, es de verdad difícil distinguirlo de entre la maleza en donde se encuentra. Comprobadlo: es así. Efectivamente, la Naturaleza, como es muy vieja, ha acabado por ser sabia.
El mayor espectáculo: cuando los chorlitos divisan al aguilucho lagunero, estalla un vuelo general. Y, con la luz de la tarde, no es fácil definir la sensación de ver aquella bandada de animales chiquititos, formidables, cuyas plumas parece que un día les prestara Sol.
Por la tarde, ya empezando a oscurecer, me quedé solo en el observatorio Sur. Estaba observando a unos martinetes jóvenes (curiosísimo plumaje) posados, desde hacía rato, en un árbol seco, allá enfrente y no a mucha distancia. Entonces, no sé porqué, se me ocurrió mirar hacia el árbol que hay a la izquierda del observatorio, que está muy cercano.
Sin haberme dado cuenta, los cormoranes habían ido llegando, para posarse en las ramas y hacer del árbol su dormitorio esa noche. Había siete, en un contraluz espectacular, no creo que a más de diez metros de dónde yo estaba. Y siguieron llegando más. Cuando hubo dieciocho, me di cuenta de que ya se hacía oscuro, y empezaba a hacer frío. Se me ocurrió sacar la cámara para hecer una foto. No lo hice.
Salí del observatorio con extremo cuidado, y lentamente, intentando no hacer ruido alguno, y me alejé unos metros de allí, como intentando hacerme invisible. Entonces me giré para ver una vez más esa imagen desde otro ángulo. Y el árbol estaba completamente vacío. Los cormoranes me habían visto, se habían ido.
Y yo me fui también, la verdad, más contento que unas pascuas, pensando que los cormoranes habían hecho muy bien en irse, al verme a mí o a cualquier otro humano.
Mis saludos más sentidos, si me leen, para las buenas gentes de Galicia, que sufren hoy, junto a las aves y muchos otros animales del mar, la insensatez inaudita de los hombres.
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